201810.17
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ABOGADAS Y PODER

Cuando hablamos del mundo profesional y empresarial, de manera inconsciente lo hacemos en masculino. Avanzado el siglo XXI, vemos que continuamos teniendo casi el mismo mapa en cuanto a la ocupación, por parte de la mujer, de puestos de responsabilidad.

Se han emprendido muchas iniciativas, se hacen jornadas de concienciación, etcétera, pero la realidad nos demuestra que seguimos sin ser visibles, o al menos, no todo lo que deberíamos.

Contrariamente, la población universitaria se ha ido transformando y actualmente las mujeres son mayoría en las aulas, sobre todo en carreras de la rama social, aunque el número de alumnas está también aumentando considerablemente en carreras científicas y técnicas.

Este divorcio universidad-mundo laboral es preocupante. Las mujeres estamos preparadas, tenemos ambición y somos solventes profesionalmente, pero la cultura patriarcal impera todavía en los círculos empresariales. Seguimos siendo víctimas de nuestra condición biológica y todavía muchos empresarios prefieren hombres para puestos de responsabilidad arguyendo que las mujeres no tenemos ambición suficiente, no somos capaces de trabajar con igual intensidad que los hombres y, además, tenemos hijos. Esta última razón es hartamente absurda, puesto que si no tuviéramos hijos la sociedad desaparecería y con ella los consumidores de productos y servicios que estos empresarios venden.

La mujer que triunfa es vista como masculina y se pueden oír comentarios del estilo: “Es que piensa como un hombre”. ¿Pensar como un hombre es garantía de éxito?

Asistimos pues a una discriminación de género y de sexo muy acusada que debería preocuparnos y ocuparnos si queremos que nuestras hijas tengan las mismas oportunidades que nuestros hijos.

En el mundo jurídico, esta situación es especialmente grave. Actualmente, y desde hace ya años, las aulas de las facultades de Derecho están pobladas por más mujeres que hombres. Además, las mujeres obtienen sistemáticamente mejores calificaciones que los hombres. En el momento de buscar profesionales, el número de candidatas es mucho mayor que el de candidatos; aun así, seguimos comprobando como en los despachos hay más hombres que mujeres, por lo general, y en los puestos directivos, por supuesto.

Si hablamos de retribución, las diferencias también son notables. Estudios recientes (julio 2018) demuestran que la brecha salarial entre hombres y mujeres alcanza el 37 %. El mismo estudio constata que mientras a ellas las penaliza su condición de madres, a ellos su condición de padres les ayuda a obtener mayor retribución puesto que ello significa que, cuando crean una familia, su responsabilidad crece y debe ser premiada. Además, ello comporta una mayor estabilidad laboral.

Así las cosas, vemos que la gran tarea reivindicativa sigue recayendo sobre las mujeres.

Según un estudio centrado en el mundo de la abogacía (2017), los miembros de los despachos en su gran mayoría abogan por la igualdad de oportunidades y según explican el 70 % de los hombres cree que no existe machismo entre la profesión frente al 42 % de abogadas que opinan que sí. El 85 % de las abogadas cree que tienen un techo de cristal y que a pesar de tener los méritos que se requieren para ocupar cargos de responsabilidad, no llegan a conseguirlo. Algunas toman la drástica medida de no tener hijos para poder avanzar en su carrera profesional.

La pregunta es: ¿por qué existe este techo de cristal? ¿por qué ellas tienen que renunciar a una parte de su vida, como tener hijos, si quieren progresar mientras a ellos esa misma circunstancia les favorece?

Los despachos insisten en que es la meritocracia la que hace que un profesional progrese o no, pero no es cierto. La voz de los despachos es masculina y no admite que el poder suele estar vetado a las mujeres.

¿Quién puede cambiar esta situación? La respuesta es dura pero definitiva: Ellas. Solo las profesionales pueden seguir insistiendo y trabajando duro para llegar a ocupar cargos de responsabilidad. Una vez en ellos, de ellas depende reproducir el modelo imperante o bien implantar modelos más justos de promoción basados en las capacidades y en los logros conseguidos. Para ello es fundamental que las abogadas se formen en todas aquellas capacidades que el título universitario no les da. Estas capacidades y habilidades les ayudarán a negociar mejor, a liderar y a saber comunicar aquello necesario.

Hay que ser consciente de que cuando alguien no deja que sus profesionales, en este caso ellas, accedan a una parte del poder es porque tiene miedo, miedo a perder el control.

Las abogadas deben ser conscientes de que el miedo es una debilidad. Sus fortalezas harán que esa muralla se derrumbe.

http://www.expansion.com/juridico/opinion/2018/10/16/5bc62f18e2704ea88b8b4642.html

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